sábado 5 de abril de 2008

Don Obdulio

Paredes resquebrajadas, un techo de chapa adornado con banderines, múltiples cuadros que se cuentan recuerdos y, entre ellos, uno que se destaca sobre el resto: el del rostro de Carlos Gardel. Así lucía en 1995 –un año antes de su muerte- el comedor de la casa del uruguayo Obdulio Varela, leyenda de leyendas y campeón del mundo en Brasil 1950, en aquel histórico Maracanazo. Obdulio fue un hombre que no pudo escarparle al mito a pesar de todo. Es que hizo mucho para que su vida no se ensuciara con la fama, esa señora fugaz.

El plantel había llegado a Uruguay de la gesta del Maracaná y él, como lo supo hacer siempre, le escapó a la ostentación. Sonaba la canción Dianas de Nuñoa, aquella de “Uruguayos campeones, invictos en Europa, invictos en América...” y don Obdulio pidió un sombrero y un impermeable para pasar desapercibido e irse tranquilo. Otra imagen muy gráfica para pintar su personalidad con respecto a la fama es la foto del equipo campeón mundial. A un costado, en una punta, cómo no queriendo salir. Ésa era su ubicación. Cómo escapándole al flash de la instantánea. La infancia de Obdulio fue dura. Como la de muchos de los invisibles, nada más que a él lo vieron. Y vaya si lo vieron esas 200.000 personas en aquella tarde de Río de Janeiro.

Nació y murió en Montevideo, en el barrio Villa Española, su lugar de siempre. Trabajó desde muy chico de limpiabotas, canillita, peón de albañil y cadete en una mensajería. Cuando firmó su primer contrato de futbolista profesional, en 1937, con Montevideo Wanderers, desapareció por dos meses del club. El día que lo encontraron estaba trabajando de albañil. El Negro Jefe era así. Dejó plantado, en más de una ocasión, a un periodista que iba hasta la calle 20 de Febrero 3030, es decir, su casa. Él intuía que venían para hablar del Mundial del ´50. No quería mirar el pasado. “A veces me golpeo la cabeza y me pregunto, ¿qué pasó? Todavía no me doy cuenta. Si será grande ser campeón del mundo”, recordaba una y otra vez.

La austeridad era su caballito de batalla. Minimizaba las condiciones en que había ganado la Copa del Mundo. Algún
lugareño dijo que don Obdulio prefirió alejarse de la leyenda para matear junto a su mujer Catalina y estar con los suyos. Era simple y, a la vez, tenía convicciones de roca. Aprendió que los de afuera son de palo, como en Brasil, en la escuela de la calle y el potrero. Además, sirvió de musa inspiradora para varios artistas. El Gordo Osvaldo Soriano le dedicó el cuento Obdulio Varela, el reposo del centrojás y Eduardo Galeano lo pinceló en el libro El Fútbol a sol y sombra. Sobre el Negro Jefe también se realizaron obras de teatro en Italia y Montevideo y algunos libros biográficos.

Una vez, cuando era "botija", tuvo un contacto que le fue indeleble para el resto de su vida. O dos. Cuentan que del Teatro 18 de Julio, de Montevideo, una noche salió de actuar Gardel y le compró un diario y le dio la mano. Otros aseguran que el trabajo de mensajero le posibilitó conocer a Gardel y fotografiarse junto a él. De lo que no hay dudas es de que lo conoció. Acaso por eso se explica que el cuadro más grande de aquella casa del barrio Villa Española sea el de un tal Carlos Gardel y no uno suyo. Es que así era don Obdulio, así de simple.

4 comentarios:

Ricardo Serpa dijo...

Hola! Muy bueno teu blog!
No vi o meu link no teu blog...
Me gusta el futebol argentino.
A diferença entre a Hincha del Grêmio e o resto do brasil é o amor e a alma castelhana, estilo castelhano de jogar la pelota...
Saludo!

dani hoyos dijo...

El Negro Jefe es Gardel, sin dudas

Alvaro Cabrera dijo...

Lamentablemente nos están faltando Obdulios de este lado del rio.
Saludos.

Fútbol en Clave dijo...

Un maestro, autor de la mayor leyenda de los mundiales.

Un abrazo!!